En cualquier labor resulta fundamental conocer la materia
prima con la que se trabaja. Estudiarla, observarla, aprender sus secretos. En
este deporte, y más concretamente en el futbol base, ese conocimiento se hace
algo más que imprescindible si tenemos en cuenta cual es nuestra “materia
prima”: las personas.
Y no cualquier tipo de personas. A partir de infantiles, y
hasta el final de la etapa juvenil, tratamos día a día con adolescentes. Tan
cambiantes, tan inteligentes, tan insufribles a veces… Releyendo un artículo
que el pasado mes de octubre dedicó la revista National Geographic a los
últimos descubrimientos sobre el cerebro adolescente, Hermosos cerebros, he creído conveniente
resaltar algunos detalles que pueden ayudar a un entrenador a entender los
comportamientos de sus jugadores.
El artículo comienza explicando la teoría que durante mucho
tiempo ha prevalecido para explicar la cambiante actitud de los chicos de esta
edad. La tecnología nos permitió descubrir hace décadas, a través del escaneo
del cerebro adolescente, que nuestros cerebros experimentan una reorganización
masiva entre los 12 y los 25 años (…) semejante a una actualización del
cableado de una red informática.
Este proceso fisiológico es el encargado de que el
adolescente sea capaz de sopesar mejor los impulsos, los deseos, los
objetivos, el interés egoísta, las normas, la ética e incluso el altruismo.
Sin embargo, la adaptación a esa nueva situación mental es lenta, y muy torpe
al principio. Digamos que la adolescencia es un proceso durante el cual están
aprendiendo a utilizar las nuevas redes de su cerebro, y al igual que sucede
con un conductor novel, eso les conduce a “fallos” constantes.
Sin embargo el artículo defiende otra corriente de
pensamiento más moderna que, aunque basada en la evidencia científica antes
citada, es más comprensiva y positiva que esta primera. La denominada teoría
adaptativa de la adolescencia nos habla de un ser que, gracias a ese recableado neuronal, se está preparando para abandonar la seguridad de su
hogar y enfrentarse al mundo exterior. Así, según esta teoría, el adolescente
es un ser exquisitamente sensible y sumamente adaptable.
El artículo recoge la opinión de B. J Casey, neurocientífica
del Weill Cornell Medical College: Estamos muy acostumbrados a ver la
adolescencia como un problema, pero cuanto más averiguamos acerca de las
características singulares de ese periodo de la vida, más nos parece una fase
funcional e incluso adaptativa. Es exactamente lo que hace falta en ese momento
de la vida.
Según esta teoría, la adolescencia comprende una serie de
rasgos característicos:
- Se buscan nuevas experiencias. Si entendemos que es la
edad para “salir del nido”, comprenderemos también que busquen nuevas
sensaciones. Eso sumado a que todavía no son plenamente conscientes de sus
capacidades, ni físicas ni mentales, hace que se puedan dar situaciones
peligrosas.
Transferencia al fútbol. Asumido lo anterior, quiero pensar
que un entrenamiento variado, donde se introduzcan tareas nuevas, en las que
tengan que cambiar de registro, incluso de posición, será en esta edad
fundamental para atraer su atención hacia este deporte.
- Propensión a correr riesgos, sobre todo si existe una
recompensa. Según este artículo, los adolescentes comprenden perfectamente los
riesgos, pero valoran mucho más que los adultos las recompensas.
Transferencia al fútbol. Muchas veces, en nuestra
cuadriculada mente futbolística, no entendemos a ese central que se aventura
hasta el borde del área contraria en una conducción, a nuestro juicio, suicida.
Dejando aparte el aspecto futbolístico, si entendemos que, si consigue dar una
buena asistencia o incluso marcar gol, eso le puede suponer una tremenda
recompensa, en forma de reconocimiento, quizás entendamos porqué lo hace.
Mi opinión al respecto es que, como entrenadores, debemos
gestionar muy bien las recompensas que damos a nuestros jugadores. Y quizás en
este aspecto sea importante reforzar con más asiduidad a los jugadores de
posiciones más retrasadas, que raramente se acercan durante la competición a esa
recompensa máxima de nuestro deporte que es el gol.
Para un jugador joven, el mero hecho de que su entrenador le
reconozca su labor durante un entrenamiento, o que le alabe su actitud delante
de sus compañeros tras un partido, puede suponer esa recompensa por la que
tanto ha trabajado. No caigamos en el error de pensar que, por no decirle nada,
el jugador entenderá que lo está haciendo bien.
- El cerebro adolescente es muy sensible a la oxitocina, una
hormona neurotransmisora que hace más gratificante las relaciones sociales.
Eso, unido al ya comentado proceso de “salida del nido”, hace que “los
adolescentes prefieran la compañía de sus coetáneos más que en ninguna otra
época de su vida”. Se están preparando para salir a una sociedad donde deberán
competir con gente de su edad. Su éxito en el futuro depende de las relaciones
que consigan establecer con personas de su misma edad.
Recuerda el artículo que “las ratas o los monos socialmente
más hábiles suelen conseguir las mejores madrigueras o los mejores territorios
(…) y ninguna especie es tan compleja ni tan social como la nuestra”, con lo
cual podríamos hablar de un comportamiento meramente natural. Se apunta también
un dato que nos debería hacer reflexionar, y es que “algunos escáneres cerebrales
sugieren que la respuesta del cerebro a la exclusión del grupo de coetáneos es
muy semejante a la que se observa en caso de amenaza física o en una situación
de falta de alimento”.
Transferencia al fútbol. La imagen que proyecta cada jugador
en el resto del equipo es una de las cosas que más les importa. Ser aceptado y
respetado por el grupo es fundamental para que se sienta cómodo y rinda. Por
eso hay que cuidar mucho las reprimendas individuales delante del grupo, que
suelen ser muy perjudiciales, pues sentirse “atacado” (aunque nuestra intención
sea simplemente corregir comportamientos o actitudes) hace que el joven
reaccione en dirección opuesta a la que buscamos. Perderemos su confianza pues
nos verá más como una amenaza que como alguien que intenta hacerle mejorar. Las
charlas individualizadas deben ser el espacio para solucionar esos problemas.
Controlar la relación del grupo, y estar muy atentos a esos
pequeños detalles que nos pueden indicar que un jugador está siendo “apartado”
deliberadamente del mismo es también esencial. Un equipo de fútbol se puede
convertir, para un chico en esta situación, en un verdadero infierno, y nunca
debemos olvidar que, antes que jugadores, estamos tratando con personas.
Otra consecuencia de este punto es la gestión de las
suplencias. Un jugador joven no se enfada porque no juega cuarenta minutos más
o menos al fútbol, sino porque, en los minutos que juega está implícito en
cierta medida el respeto que se le tiene dentro del grupo. El jugador entiende
que cada minuto de menos que juega es un punto de estatus que pierde. Por eso
es tan importante en estas edades recompensar en los entrenamientos a los
jugadores con los que menos contamos en los partidos. Tendemos a olvidarnos de
los suplentes esperando que “mejoren su actitud”, pero el proceso debe de ser,
en mi opinión, el contrario. A ellos es precisamente a los que más tiempo hay
que dedicarles, siempre priorizando el elogio sobre la crítica, y guardando
esta última para esas charlas individualizadas de las que antes hablábamos.
- El adolescente sí reconoce la ayuda que puede recibir de
alguien con más edad, pero no la acepta por la autoridad de esa persona, sino
por verse reflejado en ella. Los chicos de estas edades empatizan con mucha
facilidad, mientras que tienden a negar la autoridad. Recordemos que su “focus
group” son sus amigos, lo cual nos da una pista de cómo hay que afrontar los
consejos que intentemos darles.
Transferencia al fútbol. Como entrenadores, y aunque la
tengamos, no podemos basar nuestro mando en la autoridad. Simplemente porque no
es efectivo. Decíamos que el adolescente es “exquisitamente sensible” y así lo
debemos de tratar. Hay que elegir muy bien el cuándo y el cómo rectificarles,
si no queremos perderlos y pasar a ser simplemente alguien más que le dice lo
que tiene que hacer.
El artículo acaba con una frase demoledora. “Si fuésemos más
listos desde más jóvenes, acabaríamos siendo más tontos”. La adolescencia es
otra etapa más, con sus características, y requiere de los formadores una
adaptación a veces complicada. Una etapa, por cierto, fascinante, donde se
descubre un mundo entero lleno de sensaciones y nuevas experiencias. Como
entrenadores aprendamos a entenderlos, tomemos un traguito de paciencia y
aprovechemos al máximo su capacidad de absorber conocimientos.


Muy interesante... Enhorabuena por el articulo.
ResponderEliminarMuchas gracias Jerónimo, ¡me alegro que te haya gustado!
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