"Éramos todos muy amigos, nos gustaba jugar juntos, lo pasábamos bien reunidos. Intentábamos hacerlo lo mejor posible. Atacar mucho y luego recuperarla con la ilusión de volver a atacar, y esperábamos la compañía de la suerte. Ése es el fútbol muchachos" - Marcelo Bielsa

jueves, 11 de octubre de 2012

Mentes maravillosas


En cualquier labor resulta fundamental conocer la materia prima con la que se trabaja. Estudiarla, observarla, aprender sus secretos. En este deporte, y más concretamente en el futbol base, ese conocimiento se hace algo más que imprescindible si tenemos en cuenta cual es nuestra “materia prima”: las personas.

Y no cualquier tipo de personas. A partir de infantiles, y hasta el final de la etapa juvenil, tratamos día a día con adolescentes. Tan cambiantes, tan inteligentes, tan insufribles a veces… Releyendo un artículo que el pasado mes de octubre dedicó la revista National Geographic a los últimos descubrimientos sobre el cerebro adolescente, Hermosos cerebros,  he creído conveniente resaltar algunos detalles que pueden ayudar a un entrenador a entender los comportamientos de sus jugadores.

El artículo comienza explicando la teoría que durante mucho tiempo ha prevalecido para explicar la cambiante actitud de los chicos de esta edad. La tecnología nos permitió descubrir hace décadas, a través del escaneo del cerebro adolescente, que nuestros cerebros experimentan una reorganización masiva entre los 12 y los 25 años (…) semejante a una actualización del cableado de una red informática.

Este proceso fisiológico es el encargado de que el adolescente sea capaz de sopesar mejor los impulsos, los deseos, los objetivos, el interés egoísta, las normas, la ética e incluso el altruismo. Sin embargo, la adaptación a esa nueva situación mental es lenta, y muy torpe al principio. Digamos que la adolescencia es un proceso durante el cual están aprendiendo a utilizar las nuevas redes de su cerebro, y al igual que sucede con un conductor novel, eso les conduce a “fallos” constantes.

Sin embargo el artículo defiende otra corriente de pensamiento más moderna que, aunque basada en la evidencia científica antes citada, es más comprensiva y positiva que esta primera. La denominada teoría adaptativa de la adolescencia nos habla de un ser que, gracias a ese recableado neuronal, se está preparando para abandonar la seguridad de su hogar y enfrentarse al mundo exterior. Así, según esta teoría, el adolescente es un ser exquisitamente sensible y sumamente adaptable.

El artículo recoge la opinión de B. J Casey, neurocientífica del Weill Cornell Medical College: Estamos muy acostumbrados a ver la adolescencia como un problema, pero cuanto más averiguamos acerca de las características singulares de ese periodo de la vida, más nos parece una fase funcional e incluso adaptativa. Es exactamente lo que hace falta en ese momento de la vida.

Según esta teoría, la adolescencia comprende una serie de rasgos característicos:

- Se buscan nuevas experiencias. Si entendemos que es la edad para “salir del nido”, comprenderemos también que busquen nuevas sensaciones. Eso sumado a que todavía no son plenamente conscientes de sus capacidades, ni físicas ni mentales, hace que se puedan dar situaciones peligrosas.

Transferencia al fútbol. Asumido lo anterior, quiero pensar que un entrenamiento variado, donde se introduzcan tareas nuevas, en las que tengan que cambiar de registro, incluso de posición, será en esta edad fundamental para atraer su atención hacia este deporte.

- Propensión a correr riesgos, sobre todo si existe una recompensa. Según este artículo, los adolescentes comprenden perfectamente los riesgos, pero valoran mucho más que los adultos las recompensas.

Transferencia al fútbol. Muchas veces, en nuestra cuadriculada mente futbolística, no entendemos a ese central que se aventura hasta el borde del área contraria en una conducción, a nuestro juicio, suicida. Dejando aparte el aspecto futbolístico, si entendemos que, si consigue dar una buena asistencia o incluso marcar gol, eso le puede suponer una tremenda recompensa, en forma de reconocimiento, quizás entendamos porqué lo hace.

Mi opinión al respecto es que, como entrenadores, debemos gestionar muy bien las recompensas que damos a nuestros jugadores. Y quizás en este aspecto sea importante reforzar con más asiduidad a los jugadores de posiciones más retrasadas, que raramente se acercan durante la competición a esa recompensa máxima de nuestro deporte que es el gol.



Para un jugador joven, el mero hecho de que su entrenador le reconozca su labor durante un entrenamiento, o que le alabe su actitud delante de sus compañeros tras un partido, puede suponer esa recompensa por la que tanto ha trabajado. No caigamos en el error de pensar que, por no decirle nada, el jugador entenderá que lo está haciendo bien.

- El cerebro adolescente es muy sensible a la oxitocina, una hormona neurotransmisora que hace más gratificante las relaciones sociales. Eso, unido al ya comentado proceso de “salida del nido”, hace que “los adolescentes prefieran la compañía de sus coetáneos más que en ninguna otra época de su vida”. Se están preparando para salir a una sociedad donde deberán competir con gente de su edad. Su éxito en el futuro depende de las relaciones que consigan establecer con personas de su misma edad.

Recuerda el artículo que “las ratas o los monos socialmente más hábiles suelen conseguir las mejores madrigueras o los mejores territorios (…) y ninguna especie es tan compleja ni tan social como la nuestra”, con lo cual podríamos hablar de un comportamiento meramente natural. Se apunta también un dato que nos debería hacer reflexionar, y es que “algunos escáneres cerebrales sugieren que la respuesta del cerebro a la exclusión del grupo de coetáneos es muy semejante a la que se observa en caso de amenaza física o en una situación de falta de alimento”.

Transferencia al fútbol. La imagen que proyecta cada jugador en el resto del equipo es una de las cosas que más les importa. Ser aceptado y respetado por el grupo es fundamental para que se sienta cómodo y rinda. Por eso hay que cuidar mucho las reprimendas individuales delante del grupo, que suelen ser muy perjudiciales, pues sentirse “atacado” (aunque nuestra intención sea simplemente corregir comportamientos o actitudes) hace que el joven reaccione en dirección opuesta a la que buscamos. Perderemos su confianza pues nos verá más como una amenaza que como alguien que intenta hacerle mejorar. Las charlas individualizadas deben ser el espacio para solucionar esos problemas.

Controlar la relación del grupo, y estar muy atentos a esos pequeños detalles que nos pueden indicar que un jugador está siendo “apartado” deliberadamente del mismo es también esencial. Un equipo de fútbol se puede convertir, para un chico en esta situación, en un verdadero infierno, y nunca debemos olvidar que, antes que jugadores, estamos tratando con personas.

Otra consecuencia de este punto es la gestión de las suplencias. Un jugador joven no se enfada porque no juega cuarenta minutos más o menos al fútbol, sino porque, en los minutos que juega está implícito en cierta medida el respeto que se le tiene dentro del grupo. El jugador entiende que cada minuto de menos que juega es un punto de estatus que pierde. Por eso es tan importante en estas edades recompensar en los entrenamientos a los jugadores con los que menos contamos en los partidos. Tendemos a olvidarnos de los suplentes esperando que “mejoren su actitud”, pero el proceso debe de ser, en mi opinión, el contrario. A ellos es precisamente a los que más tiempo hay que dedicarles, siempre priorizando el elogio sobre la crítica, y guardando esta última para esas charlas individualizadas de las que antes hablábamos.

- El adolescente sí reconoce la ayuda que puede recibir de alguien con más edad, pero no la acepta por la autoridad de esa persona, sino por verse reflejado en ella. Los chicos de estas edades empatizan con mucha facilidad, mientras que tienden a negar la autoridad. Recordemos que su “focus group” son sus amigos, lo cual nos da una pista de cómo hay que afrontar los consejos que intentemos darles.

Transferencia al fútbol. Como entrenadores, y aunque la tengamos, no podemos basar nuestro mando en la autoridad. Simplemente porque no es efectivo. Decíamos que el adolescente es “exquisitamente sensible” y así lo debemos de tratar. Hay que elegir muy bien el cuándo y el cómo rectificarles, si no queremos perderlos y pasar a ser simplemente alguien más que le dice lo que tiene que hacer.

El artículo acaba con una frase demoledora. “Si fuésemos más listos desde más jóvenes, acabaríamos siendo más tontos”. La adolescencia es otra etapa más, con sus características, y requiere de los formadores una adaptación a veces complicada. Una etapa, por cierto, fascinante, donde se descubre un mundo entero lleno de sensaciones y nuevas experiencias. Como entrenadores aprendamos a entenderlos, tomemos un traguito de paciencia y aprovechemos al máximo su capacidad de absorber conocimientos.

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